Por Haycker Colina, Politólogo y estratega político internacional
El país caribeño vive uno de sus momentos más complejos: una oposición fragmentada, un gobierno que muta de piel y una ciudadanía que clama por un liderazgo distinto.
Venezuela atraviesa uno de los momentos más convulsionado y, paradójicamente, más definitorios de su historia reciente. El alza sostenida de los precios del petróleo y la creciente tensión en el Estrecho de Ormuz colocan al país ante una ventana de oportunidad económica que, sin embargo, no alcanza a mitigar la profunda fractura política que lo caracteriza. El tablero está en movimiento, y las piezas —lejos de ordenarse— multiplican las incógnitas.
Una oposición sin brújula unificada
El campo opositor presenta, a estas alturas, un panorama disperso que bien podría convertirse en su mayor enemigo. María Corina Machado, referente del antichavismo duro, acumula tropiezos que se remontan a antes del pasado 3 de enero y carga además con el costo político por traición a la derecha moderada y de constantes desaires por parte de Donald Trump, cuya administración no respalda a Maria Corina pero si tanto a la oposición como al gobierno actual con miras de elecciones entre el 2027/2028 que no favorecerían ni a Machado ni a la actual presidenta en ejercicio Delcy Rodríguez.
Este distanciamiento no es menor: debilita la narrativa de respaldo internacional y abre fisuras en la moral de un sector que depositó demasiadas fichas en Washington. Ella traiciono la confianza de una diáspora venezolana muy marcada y los pobres quedaron con los crespos hechos razón tenía Chávez “ águila no casa mosca”.
Frente a este escenario, emergen o se consolidan otras figuras. Claudio Fermín, con décadas de experiencia acumulada y un discurso deliberadamente moderado, representa la vieja guardia que aprendió a sobrevivir en la adversidad. Antonio Ecarri apuesta por la reconciliación nacional como eje articulador, consciente de que Venezuela no puede darse el lujo de más fracturas. Enrique Márquez, con perfil técnico y enfoque gerencial, seduce a quienes creen que la salida pasa más por la gestión que por la épica. Y Henrique Capriles, que siente que es el momento de cobrar las elecciones 2014, insiste en la unidad y el cambio como bandera, apelando a una base electoral que lo conoce y, aún lo respalda.
El problema no es la ausencia de candidatos. El problema es la ausencia de un relato común que los cobije y los haga mayor que la suma de sus partes.
El gobierno se reinventa, o lo intenta
Entretanto, el oficialismo experimenta su propia metamorfosis. La etiqueta ha cambiado: de “chavistas” a “maduristas”, y de ahí a simplemente “Gobierno”. No es un detalle semántico; es una operación política de largo aliento. Desprenderse del nombre propio implica intentar desprenderse también del peso de sus errores y excesos.
En ese proceso de reinvención, Delcy Rodríguez emerge como la cara más visible y, por ahora, la única con proyección. Su trayectoria diplomática le ha permitido adoptar un tono más conciliador ante los interlocutores internacionales, sin abandonar los pilares ideológicos de siempre: la defensa de la soberanía y el llamado a la unidad nacional. Es una apuesta por la imagen, y en política, la imagen importa tanto como el fondo. Sin embargo, fuentes cercanas a los círculos del antiguo MVR-200 y del MVR mencionan otros dos nombres que podrían irrumpir en el escenario, aunque de momento permanecen en la penumbra estratégica. En política venezolana, esa penumbra suele ser intencional.
La ciudadanía: el actor olvidado
Lo que ningún análisis puede ignorar es el estado anímico de la sociedad venezolana. Entre un 60 y un 70 por ciento de los ciudadanos se declara hastiado de la política tradicional en sus dos versiones, la oficial y la opositora. Ese hartazgo no es apatía; es una demanda encubierta de renovación. Quien logre articular un discurso que no se enroque en los extremos, que no encienda las banderas del pasado ni reproduzca los vicios que se critican, tendrá ante sí un espacio electoral de proporciones considerables.
El venezolano de a pie no busca héroes ni salvadores. Busca alguien que gobierne con sensatez, que resuelva lo cotidiano y que no convierta cada discurso en un acto de guerra. Esa demanda de moderación es, acaso, la señal política más clara en un escenario que, en apariencia, solo ofrece ruido.
¿Qué le depara el futuro a Venezuela?
Tres caminos se perfilan con distinta probabilidad. El primero: un cambio de gobierno ordenado, sostenido en la reconciliación y una gestión eficiente, que permita reconstruir la institucionalidad erosionada. El segundo: un fortalecimiento real de la oposición, con liderazgo claro, discurso unificador y capacidad de movilización genuina. El tercero —y el más inquietante—: una escalada de la tensión política que termine por comprometer tanto la economía como la estabilidad social, postergando una vez más la salida que millones de venezolanos esperan.
La historia, como suele ocurrir, no esperará a que los actores se pongan de acuerdo. Venezuela está en ebullición. Y en los procesos que hierven, o se produce algo nuevo o simplemente se evaporan las posibilidades.




