Por Haycker Colina, Politólogo y Estratega Político
La derrota de Donald Trump en su estrategia de presión máxima contra Irán, tras cinco prórrogas fallidas, es ya un hecho evidente. Lo que comenzó como una operación destinada a doblegar a Teherán se ha convertido en una nueva crisis global. La misma lógica que llevó a Estados Unidos a arrastrar a Europa a un conflicto con Rusia que paradójicamente, fortaleció tanto a Moscú como a Washington en términos financieros y geoestratégicos se repite ahora con otro manual.
Trump ha sumido a Estados Unidos y al mundo en una espiral de inestabilidad con la guerra contra Irán. La falsa promesa de un alto al fuego y la posterior justificación del bombardeo a Líbano como una acción “justa y democrática” o que no “ aparecía en el acuerdo “ han expuesto una vez más, la fragilidad de su palabra y la improvisación de sus estrategias.
Venezuela la pieza clave del tablero
En medio de este escenario convulso, Venezuela y sus vastas reservas de petróleo emergen como un activo estratégico de primer orden para la Casa Blanca. El crudo venezolano de naturaleza pesada y cada vez más demandado en el mercado internacional representa una palanca geopolítica fundamental. Si Trump logra mantener el control operativo sobre estos recursos, Estados Unidos podría equilibrar su matriz energético y reducir su dependencia de otras fuentes de suministro.
La interrogante central es si Venezuela permitirá que Trump y Marco Rubio continúen manejando sus recursos naturales o por el contrario optará por una estrategia de supervivencia diplomática y jugar simultáneamente con el calendario electoral estadounidense para ganar tiempo y buscar una salida donde le rinda cuentas a los venezolanos y no a Washington
¿Le alcanzará el tiempo a Trump?
La pregunta que define el momento es si a Trump le alcanzará el tiempo para consolidar un dominio efectivo sobre Venezuela antes de las elecciones de noviembre en Estados Unidos, que claramente las encuestas actuales apuntan a una derrota republicana.
La intervención reciente en Caracas, la captura de Nicolás Maduro, el control de tanqueros y el redireccionamiento de exportaciones petroleras hacia puertos estadounidenses demuestran una clara voluntad de apropiación. Sin embargo, el tiempo político es implacable. Las elecciones se acercan como un veredicto inminente.
La tentación de los poderes de excepción
Paralelamente crece la preocupación sobre hasta dónde llegará Trump en su afán por expandir los poderes presidenciales. Su historial es ampliamente conocido ha declarado estados de emergencia por motivos migratorios de seguridad nacional y para enfrentar la pandemia de COVID-19. Ha invocado la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) para imponer aranceles y ha utilizado emergencias nacionales para financiar el muro fronterizo o declarar la crisis de opioides.
Aunque no existe evidencia pública de que planee declarar un estado de excepción con el objetivo explícito de evitar una derrota electoral, su trayectoria sugiere que no descartaría medidas drásticas para prolongar su influencia.
Oportunidad y riesgo
En un contexto de crisis múltiple Oriente Medio en llamas, Europa tensionada y una economía global tambaleante Venezuela representa para Trump tanto una gran oportunidad como un riesgo. Si logra estabilizar el control total de Venezuela y los recursos energéticos antes de noviembre, podría presentar otra cara ante la opinión pública estadounidense. Si el tiempo se agota, la estrategia podría convertirse en un boomerang político de consecuencias impredecibles.
El mundo observa la historia juzgará si esta fue una jugada maestra de realismo energético o la última imprudencia de un presidente que al romper sistemáticamente las reglas del juego internacional terminó atrapado en su propia carrera contra el tiempo.




